
Torridas campanillas resuenan dentro de mi cabeza
pequeños diablillos andan de un lugar a otro
sobre esta mesa de ébano macizo,
corren rojos y desnudos; arden como la llama del candelero,
que he dejado caer voluntariamente sobre mis escritos.
Una pequeña mecha, se acrecienta
¡Ave Cesar de Roma!, aveces arde roma
toca mi piel y cosquillea mi carne
me tuesta por fuera, me libera por dentro.
Carnes auhmadas deleitan mi sentido del olfato
inquietan mis tripas, por esta hambre de semanas
y al sentirme cosquilleado por el rojo incandescente
yo me pregunto: ¿quien fornicara a las gordas?, ¿a las feas?
¿a las en desuso?, ¿a las putas viejas?, ¿a las engreídas?, ¿a las nada?.
quien asumira el trabajo de manosearles entre las piernas,
de cosquillear con dedos pares aquellos clitoris humeantes
quien tomara labor de abrir sus muslos y comerlas todas.
¿Seré a caso yo?, ¿será acaso Fidel?
serán acaso Nadies, los capitanes de la Ogigia
quienes desfloraran a estas princesas del tormento
penetrarán de arriba a abajo, de abajo arriba,
vomitarán sobre sus nucas en señal de reverencia.
Quien las amará, cuando el ocaso de la vida
venga a plasmar su golpe crepitante en su rostro
y pierdalas de toda dote de unas carnes firmes
y hágalas más feas, por perder su encanto.
Quien fornicará sus blandas vulvas, y acomodara
un miembro en su pelambre, quien encajará en sus coños
esos labios que ahora salen, como sabanas de un rosaceo
colgante.
Quien, ¡que no sea yo!, ruegoles en las tardes
y en las noches
no ser aquel que clave dentro de tí,
la dura daga que apasigua,
al fiero mounstro que es la libido mal
consolada.
Sea yo borrado de las listas a besar sus
suaves mostachos de jovencito quinceañero,
acariciar sus blandos pechos,
divagar en sus recuerdos.
Y morir atrincherado, por los monstruos del recuerdo.